Por Andrés Felipe Bernal
Como docente de profesión durante mucho tiempo me he hecho una pregunta:
¿cómo logramos que los niños no solo “aprendan” sobre Dios, sino que realmente lo conozcan y le quieran seguir?
No me refiero únicamente a memorizar historias bíblicas o repetir versículos. Hablo de algo mucho más profundo: que puedan experimentar a Jesús de manera cercana, real y significativa mientras crecen, juegan, preguntan y descubren el mundo.
De esa búsqueda nace la metodología de Jesús por Siempre que desarrollamos hace unos meses junto a un equipo de colegas y amigos.
Más que un currículo tradicional, esta propuesta busca crear experiencias de aprendizaje donde los niños puedan explorar, participar activamente y desarrollar una relación genuina con Dios. La idea no es llenar a los niños de información, sino acompañarlos mientras descubren quién es Jesús y cómo Él puede transformar sus vidas desde pequeños.
Cuando queremos pensar en qué y cómo enseñarle a los niños la Palabra de Dios siempre entramos en una disyuntiva. Si diseñamos clases súper estructuradas, corremos el riesgo de perder su atención e interés. Los niños ya pasan mucho tiempo en sus escuelas durante la semana y darles más de lo mismo los días que van a la iglesia no puede ser más de lo mismo. Por otro lado, si nos enfocamos en crear experiencias súper divertidas sin un fondo profundo, corremos el riesgo de caer en simplemente entretenerlos y eso seguramente muchos en el mundo lo pueden hacer mejor que nosotros.
La metodología de Jesús por Siempre busca ese equilibrio entre un tiempo de diversión que los niños anhelan durante la semana pero con un fundamento bíblico que transforma vidas y les lleva a nuestro objetivo máximo: que conozcan a Jesús.
Jesús en el centro de todo
Hay una frase del pastor César Castellanos que siempre me ha parecido poderosa:
“El éxito más grande del ser humano no está en lo que logra, sino en a quién conoce: a Jesús.”
Esa idea atraviesa todo el currículo.
Cada clase, actividad o conversación tiene una intención clara: ayudar a los niños a acercarse más a Jesús. No se trata simplemente de enseñar valores o comportamientos correctos, sino de mostrarles a Cristo en medio de cada aprendizaje.
Si logramos que cada fin de semana los niños tengan las condiciones necesarias para experimentar un encuentro verdadero con Jesús, en muy poco tiempo empezaremos a ver cómo Su carácter se empieza a reflejar en sus vidas de manera explícita. Jesús es el eje fundamental de lo que enseñamos.
La Biblia como un libro vivo
A veces, sin querer, podemos presentar la Biblia como un libro lejano o complicado. Pero cuando los niños descubren que Dios puede hablarles personalmente a través de Su Palabra, algo cambia.
Por eso, uno de los pilares de esta metodología es que los niños lean la Biblia directamente, acompañados por adultos y compañeros que les ayuden a comprenderla y vivirla.
Aquí también hay una fuerte inspiración en Charlotte Mason, quien hablaba de los “libros vivos”: textos que despiertan la imaginación, el pensamiento y el corazón. ¿Y qué libro más vivo que la Biblia?
La idea es que cada semana los niños no solo memoricen un versículo, sino que tengan momentos reales de encuentro con la Palabra de Dios. Con frecuencia los papás nos preguntan por estrategias para motivar a los niños a hacer el devocional. Creo firmemente que el fundamento está en que puedan acercarse personalmente a la Biblia, con nuestro acompañamiento por supuesto, y descubrir toda la riqueza que hay en ella.
La Biblia contiene historias de amor, odio, victoria, venganza, hazañas heroicas, milagros inesperados y personajes profundos y sorprendentes. ¡Mejor que cualquier película animada! Leer la Palabra y entenderla los ayudará a enamorarse de Dios.
El ambiente también enseña
Algo hermoso de la filosofía Reggio Emilia, otra de nuestras inspiraciones en el trabajo de investigación, es la idea de que “el ambiente es el tercer maestro”.
Y es verdad.
Los espacios hablan. Inspiran. Despiertan curiosidad.
Por eso, el currículo propone crear ambientes que inviten a los niños a explorar, imaginar y descubrir. Un salón puede convertirse en un lugar de aventura, creatividad, arte, construcción o reflexión espiritual.
Cuando un niño entra a un espacio diseñado con intención, el aprendizaje deja de sentirse como una obligación y empieza a convertirse en experiencia. Para el niño, es una hora de juego y descubrimiento. Para nosotros, una excusa para presentar a Jesús en todo su esplendor.
Todo lo que vemos a nuestro alrededor fue creado por Dios para Su alabanza. ¡Qué mejor idea que usar todo lo que Él mismo creó para enseñarles la Palabra mientras se divierten y exploran!
Los niños aprenden explorando
Jesús confiaba profundamente en los niños. No es casualidad que haya dicho “dejad a los niños venir a mí…” (Mateo 19:14)
Muchas veces los adultos subestimamos la capacidad espiritual de un niño, pero Jesús nunca lo hizo.
Inspirados también en Montessori, creemos que los niños tienen una enorme capacidad para descubrir, preguntar y aprender por sí mismos cuando se les da el estímulo adecuado.
Por eso, cada clase está pensada en momentos que favorecen la exploración:
● Un espacio inicial donde el niño pueda interactuar libremente y hacer preguntas.
● Un momento de aprendizaje bíblico guiado.
● Y un cierre donde pueda aplicar lo aprendido a su propia vida.
La meta no es simplemente que “entiendan el tema”, sino que puedan apropiarse de ella y vivirla. Si Jesús mismo decía que las cosas espirituales se habían escondido a los sabios y entendidos para revelarlas a los niños (Mateo 11:25) cuánto más nosotros deberíamos permitirles explorar y aprender mientras exploran.
Formando hábitos que duren toda la vida
Hay algo profundamente esperanzador en trabajar con niños: estamos sembrando en una etapa donde el corazón todavía está abierto y dispuesto.
Proverbios 22:6 dice:
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.”
Eso implica una gran responsabilidad, pero también una gran oportunidad.
Más allá de actividades o dinámicas, el verdadero propósito es ayudar a formar hábitos, carácter y una relación sólida con Dios que permanezca con ellos a lo largo de la vida. Cada unidad tiene en mente un hábito como la obediencia, la reverencia, la gratitud, el autocontrol, entre otros.
Estamos convencidos que desde las edades más pequeñas tenemos la oportunidad de que cada niño desarrolle el carácter de Cristo en sus vidas.
Una generación que conozca a Jesús íntimamente
Al final, ese es el sueño detrás de todo esto. Desde que nos reunimos como equipo teníamos claro que no queríamos simplemente una secuencia didáctica o un temario sino algo que perdurara en el tiempo.
No queremos formar niños que simplemente “asistan a la iglesia”, sino una generación que conozca a Jesús íntimamente, que ame Su Palabra y que refleje Su carácter en la manera en que vive.
Si logramos eso, entonces todo esfuerzo habrá valido la pena. No tengo duda que nuestro currículo Jesus por Siempre es un paso gigante en esa dirección.