Si me preguntaran: ¿Por qué creo que el ministerio de preadolescentes es uno de los más importantes de la iglesia?, te diría algo sencillo, pero de gran valor para mí: «Porque yo estuve ahí». Aunque recientemente he tenido la oportunidad de coordinar en MCI Teens y de participar en algunos procesos creativos de nuestras series y detrás de escena de algunas convenciones, primero fui una preadolescente.
Déjame compartir un poco de lo que fue esta etapa. Crecí en la iglesia, como muchos de los preadolescentes que ves cada semana. Era una niña tímida que observaba todo. Al crecer en la iglesia, comencé a tener curiosidad por las cosas asombrosas que escuchaba: los testimonios de sanidades, milagros creativos, personas caer bajo el poder del Espíritu Santo, entre otras muchas cosas. Y, claro, quería ser parte de ello.
Pero, mientras crecía, una pequeña idea que fue sembrada en mi mente me haría luchar con mi fe y una imagen de Dios incorrecta. El enemigo sutilmente me había convencido de que, si quería agradar a Dios, no debía fallar, porque, si lo hacía, Dios iba a estar molesto conmigo. Yo estaba muy lejos del mensaje de la gracia y, como resultado, terminé siendo muy temerosa. Esto marcó mucho mi personalidad, hizo que fuera más reservada y sobrepensara cada cosa que hacía. Ante cualquier error, sentía que la culpa me decía que Dios no me perdonaría.
Así que, mientras crecía, comencé a experimentar ansiedad y estrés continuamente. Eso se extendió a otras áreas de mi vida. Quería ser excelente y mejor en cada cosa que realizaba, pero no tenía paz. Recuerdo sentirme confundida en una etapa tan extraña: todo estaba cambiando y no sabía cómo manejarlo. Es una etapa donde la identidad se está afirmando y decidimos qué toma lugar en nuestros corazones, pero en el mío solo había temor.
No era fácil ir al colegio y enfrentarse continuamente a situaciones en las que tenía que tomar decisiones incómodas: no participar en ciertas actividades, alejarme de conversaciones, enfrentar la presión de grupo y decir "no" a cosas que todos los demás consideraban normales. Todo eso mientras luchaba con mi fe. Pero fue en una reunión de servidores donde Dios usó precisamente a una maestra para exponer todo lo que había en mi corazón y recordarme que no fui llamada a vivir desde el temor, sino desde la gracia. Ese día entendí que Dios no estaba esperando mi perfección; solo estaba esperándome a mí.
Hoy honro a cada maestro, líder y pastor que Dios usó para poner su mirada en mí y recordar su infinito amor. Tengo claro que, sin duda alguna, soy el fruto del trabajo de muchos anónimos que un día se dispusieron a servir a mi generación. Dios puso sus ojos sobre mí y ellos me lo hicieron saber. Dios me amó y ellos me dieron un abrazo. Dios dijo que tenía planes para mi vida y ellos creyeron en mí, me promovieron y me empujaron en este ministerio, aun cuando yo misma no creía tener la capacidad.
Cada prédica y ministración reafirmaron, una y otra vez, la verdad del evangelio en mi vida, que grita: «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad». La niña tímida y llena de inseguridades, a la que se le dificultaba hacer amigos, ahora tiene el privilegio de servir a esta generación y predicar el mensaje del evangelio a los futuros líderes y pastores de su iglesia.
Por eso creo que la iglesia debe participar en las etapas de crecimiento y formación de cada persona, incluyendo la preadolescencia. El corazón del Padre anhela profundamente, y con dolor, tener a cada uno de sus hijos con Él. La única forma de que ellos lo sepan es a través de nuestra predicación. Como dice Romanos 10:14: «¿Pero cómo pueden ellos invocarlo para que los salve si no creen en él? ¿Y cómo pueden creer en él si nunca han oído de él? ¿Y cómo pueden oír de él a menos que alguien se lo diga?». Si no los acompañamos en esta etapa, saldrán heridos y lastimados por las complejas situaciones que van a atravesar en el futuro.
Si estás leyendo esto, seguramente estás interesado en fortalecer el ministerio de preadolescentes de tu iglesia. ¡Qué alegría poder animarte a servir a la siguiente generación! Principalmente porque yo soy el resultado del trabajo de líderes que, como tú, miran a los más pequeños, débiles y vulnerables como lo más preciado a los ojos de Dios. Termino con una pregunta: ¿Será que puedes hacer por otros preadolescentes lo mismo que hicieron por mí?